
Por Erick Garay (erickgaray)
Retablo (A. Delgado Aparicio, 2017) es tierna y tonta como un niño en brazos. Genera cariño, pero también una indecible molestia. ¿Por qué? Porque no se le puede tomar en serio, al menos como obra conjunta. ¿De qué sirven las buenas actuaciones, los bellos paisajes o las palabras en quechua, si en su interior le falta algo unificador, poderoso e interesante? Necesita algo en la historia que redondee el mensaje y haga que, como el buen arte, se acepte en el alma. Porque Retablo, aunque es “hermosa”, “bella”, “emotiva”, o lo que quieran llamarla al salir del cine antes de olvidarla al revisar las notificaciones del celular, tiene la mayor cantidad de sus problemas en el apartado discursivo.
Entendámosla en todo caso como una obra visual. Veámosla, más bien, más que como una película, como un retablo. Me parece increíble como este objeto puede metaforizar de muchas formas esta película. Ya los del equipo recurrieron a este tropo para expresar la configuración de la misma al idearla antes de la grabación, es decir, para referirse al cuidado que le pusieron a la preproducción. Yo agregaría que, como el retablo con que se le compara, esta película tiene más de plástica y visualidad que de narrativa. Justamente, parece más bien un conjunto de escenas sueltas (los ambientes del retablo) que funcionan por sí mismas, y que emocionan, pero que están juntas casi a la fuerza. ¿Qué narran? ¿Qué muestran? ¿Por dónde nos quiere llevar esta historia?
Algo no nos dice, o, lo que dice, lo hace mal. Y el resultado, que, creo yo, debería ser el de cuestionarnos lo dura y agresiva que puede ser la sociedad (el infierno son los otros), es más bien el de preguntarnos si el discurso es suficientemente potente como para que quienes la vean, y no sean muy listos, se cuestionen la próxima vez que quieran decir “rosquete”.
Gana los aplausos de lo políticamente correcto. Merece el reconocimiento y el apoyo de los intentos bienintencionados. Pero creo que no más. Y ya sé: está en quechua… genial; apuesta por la comprensión de las minorías… también genial; es una película de crecimiento… también genial; es tan andina como Wiñaypacha, súpergenial!… Y bajo todo ello, algo le falta, un poco de vida para sus figurillas de harina.
Lamentablemente, o no tan lamentablemente, esta película se queda en la artesanía (lo cual ya es un logro), y no consigue ser arte. Le falta tino, cerebro, le falta un mejor conocimiento de los recursos. Emociona, eso sí, saca una sonrisa y uno dice “qué talento”, “qué lindo”, tal como diría al ver piezas en el Ruraq Maki. Y después se olvida, se pone en una vitrina, o en un festival gringo, que es lo mismo, y brilla de nuevo hasta gastarse o aburrirle a los ojos.
El recuerdo, el más benevolente recuerdo, que deja Retablo es el de un buen cortometraje. No es el oro ni mucho menos. Me atrevería a decir que es necesaria para la cinematografía peruana, para el imaginario que se nos crea a todos al hablar de cine peruano, pero no es necesaria para el arte en general.