José Güich Rodríguez | Entrevista

José Güich Rodríguez: «Me parece más divertido e interesante inventar recuerdos. En El general y la máquina hay mucho recuerdo inventado.»

Por Cristhian Prado y Erick Garay
Entrevista realizada el 6 de mayo de 2023.

José Güich Rodríguez (Lima, 1963) es un autor imparable y de gran renombre en nuestro panorama literario. Sus novelas y libros de cuentos suman ya doce títulos, y otros tantos han de agregarse si contamos su producción académica. Desde su primer libro de cuentos, Año sabático (2000) ha sido antologado en diversas recopilaciones nacionales y extranjeras. Es docente universitario e investigador, y ha ejercido el periodismo y la crítica cultural en medios como La República, El Comercio y Caretas.

El general y la máquina (Maquinaciones, 2023) es su última novela, y en ella se entretejen la memoria personal y la colectiva, las historias de una vida (¿real?, ¿ficticia?) con la Historia con mayúsculas de una nación. El viaje a través de la memoria que plantea el libro se materializa, fiel al género de la sci-fi, con una máquina del tiempo (de allí la máquina del título). El general, de otro lado, es un expresidente con un sitio ambiguo pero insoslayable en el imaginario popular del Perú: el general Juan Velasco Alvarado.

Sobre este libro y otros temas, como su labor creativa, el panorama literario y editorial peruano o la enseñanza de la literatura y la escritura, nos acercamos a conversar con él.


CP. En tu obra abordas géneros como el fantástico, la ciencia ficción, el policial, tanto en cuento como en novela, ¿pero en cuál de estos dos formatos, o géneros, cuento o novela, te sientes más cómodo?, ¿en dónde puedes fluir con mayor tranquilidad?

Es una pregunta compleja. También podría tener una respuesta sencilla… En verdad, he llegado a un momento en el que siento que el tiempo pasó, para bien o para mal… (risas), y ya después de veintitrés años de haber publicado el primer libro de cuentos, Año sabático, de haber escrito otros libros a lo largo de estas dos décadas, que ya se van a las tres, he sentido afinidad por todos los géneros que has mencionado. Es una cuestión muy singular la que uno siente cuando busca un medio de expresión para ciertos contenidos problemáticos, ciertas obsesiones. Yo siento una comodidad en general con todos los géneros porque ha sido un recorrido progresivo, han sido búsquedas paulatinas, se han enlazado elementos, se han ido amalgamando una serie de circunstancias, intereses personales, lecturas. Pero si me pidieran elegir, para hacer más claro el asunto, sé que me siento fluir con más tranquilidad, sin un exceso de planificación o racionalidad traumática (risas), en el cuento, que es el primer género que cultivé. Mis tres primeros libros son reuniones de cuentos: Año sabático, del 2000, El mascarón de proa, del 2006, y Los espectros nacionales, del 2008. Allí hay un interregno. Siempre las casualidades y los destinos entrecruzados. Un personaje de un cuento de El mascarón de proa, un detective periodista, se convirtió en protagonista de mi primera novela: Misterio de la Loma Amarilla, que apareció en un sello al que le tengo un gran cariño y lamentablemente ya no está directamente en el Perú: SM Ediciones, sello español con una línea muy interesante en literatura juvenil e infantil, su especialidad. Allí apareció mi primera novela en el 2009. Viéndola a la distancia, creo que sí es una ambición de todo narrador llegar a la novela. Pero entendiendo que esta siempre es una práctica con sus propios códigos, ritmos y necesidades, y también con una quizás mayor franja de planteamientos, de estructuras. En mi caso, por lo menos, siento que hay una oposición muy sana entre la espontaneidad, que un grande como Cortázar exigía, u otros escritores, quizás Cabrera Infante, la espontaneidad, la fluidez que exige el cuento, y, por otro lado, la necesaria pausa hasta diría yo contemplativa que requiere escribir una novela. El misterio de la Loma Amarilla, con esta inserción del detective Pablo Teruel en un caso más desarrollado, más elaborado, en un formato distinto, me permitió dar el salto que todos los narradores en algún momento, si han empezado con el cuento, sienten la necesidad de probar. Yo me demoré un tiempo en hacerlo, nueve años después de mi primer libro. Ya en ese momento se podría decir que le perdí miedo, porque creo que había un reparo. Tuve muchos proyectos novelísticos previos, pero me di cuenta de que no funcionaban, que faltaba algo que sí había en los cuentos: naturalidad. La novela, a pesar, creo yo, de que es una estructura mucho más rígida, mucho más exigente en materia de estructuración, debe dar también un espacio para el juego y las libertades. A eso le tuve siempre un poco de temor, porque sentía que todos los proyectos novelísticos se quedaban encarpetados porque les faltaba vida. Y antes de que escribiera El misterio de la Loma Amarilla existía obviamente un par de ideas, pero que no cuajaban porque no había un impulso necesario. Y al presentarse la inmejorable oportunidad de sacar adelante una novela que un sello importante me estaba pidiendo, bueno, ni modo, lo intentaremos con Teruel, que se convertirá ahora en un personaje de la novela, con la idea quizás de que protagonice una serie de aventuras, de misterio, con elementos de historia, un poco en la línea de un Holmes, pero también con algunos ribetes políticos y de novela negra, en fin, un melting pot. Las novelas que Teruel protagoniza son excéntricas, yo las veo muy raras, y esto para mí no necesariamente es un autoelogio (risas). Las veo muy atípicas. Eso les ha gustado a algunos, de repente no a todos, pero ya va protagonizando tres, y ya en algún momento volverá, quiero decir, como personaje de novela policial, aunque no sé en qué momento. En cuentos sí sigue asomando su ironía, su pensamiento anarquista liberal, no sé cómo calificarlo, es una especie de…

CP. ¿Collage?

Sí, es una mezcla de muchas cosas, lo que lo hace para mí entrañable, no sé si para todos, pero por lo menos para mí es un tipo con el que quisiera sentarme a conversar, creo que me divertiría mucho. Algunos dicen que es un alter ego mío. No, no creo. Porque Teruel a los veintidós años es muy autosuficiente, se maneja bien con la gente mayor, sabe cómo tratar a la autoridad… No creo haber tenido yo esas cualidades a la edad de Teruel (risas).

«No imagino un libro de cuentos rigurosamente ‘craneado’. Si hay planificación, creo que en mi caso se reduce a “aquí va a haber un cuento de corte fantástico, luego será continuado con un cuento de ciencia ficción, y el que venga puede tener matices mixtos, y otro fantástico…”».

EG. Y en cuanto a género en otro sentido, hablando por ejemplo de la ciencia ficción, del fantástico, o el policial, que acabas de mencionar, ¿cómo ves tú ese proceso de acercamiento?

Han sido etapas. Creo que en un primer momento me siento muy afín y cómodo en el género fantástico clásico. Luego empiezo a incursionar con la ciencia ficción, pero paulatinamente se van entrelazando otros géneros. Permanece mi interés por la historia. Han sido periodos, fases donde a lo mejor predomina más uno que otro. En un libro de cuentos que estoy planeando, que tiene ocho cuentos, estoy haciendo lo que creo que he hecho a lo largo de veintitrés años: procurar por lo menos que el libro tenga de todo un poco. Hay cuentos fantásticos, de ciencia ficción, hay algo de historia, un toque policial. Me gusta que los libros tengan esa alternancia. No imagino un libro de cuentos rigurosamente ‘craneado’. Si hay planificación, creo que en mi caso se reduce a “aquí va a haber un cuento de corte fantástico, luego será continuado con un cuento de ciencia ficción, y el que venga puede tener matices mixtos, y otro fantástico…”.

CP. Una estructura general, mas no interna.

Claro, de tal manera que el libro tenga matices, efectos, balances. Yo creo que las características de este libro [el inédito] ya han estado presentes en el anterior, mi quinto libro de cuentos, El sol infante, y en otro al que le tengo mucho cariño, como a todos, pero a este especialmente, Control Terrestre, porque creo es el primer libro en el que hay una inconsciente marca de alternar, que aquí haya un fantástico, que lo siga uno de ciencia ficción, por ahí un policial híbrido, y así. Armar un libro experimentando con todas las formas. Eso ya estaba antes, pero ahora lo hago más conscientemente.

«Hay cosas obviamente que tienen una base real. Otras cosas, propias del dominio de la ficción, están exageradas o cambiadas. Me parece más divertido e interesante hasta inventar recuerdos. Y en el libro [El general y la máquina] hay mucho recuerdo inventado».

El general y la máquina (Maquinaciones, 2023)

CP. En tu último libro El general y la máquina, ¿qué intenciones tenías al explorar elementos de la autoficción en relación con sucesos históricos? Recordemos que está presente la imagen de Velasco, tan imponente.

No fui tan consciente de que estuviera escribiendo autoficción. El germen del libro eran recuerdos, nostalgia, los días de la infancia, vividos intensamente, personas que ya no están, como mi madre, que nos dejó en el 2021, una serie de imágenes que se fueron entrecruzando, amalgamando, hasta que —y este debió de haber sido el impulso que finalmente detonó todo lo que tenía internamente después de casi cincuenta años— aparece este documental La revolución y la tierra. Es muy raro, no recuerdo ahora si vi el documental antes o después de una extraña experiencia onírica, que es el sustrato principal de El general y la máquina, el sueño que detona todo. Efectivamente tuve un particular, rarísimo sueño en el que Velasco me acogía una noche en un lugar muy parecido a la Plaza Manco Cápac o inmediaciones. Ese fue el detonante del libro, y probablemente fue a raíz del documental, aunque ya no estoy tan seguro de si lo vi antes o después. La experiencia onírica debe de haber sido por la expectativa que tenía de ver el documental o posterior a haberlo visto, que me gustó mucho. Ese fue el punto de partida. Luego, a medida que escribía el libro…, sí, parece autoficción. Aunque yo siempre le he tenido un poco de reparo a la palabra, y no sé en qué baso este prejuicio, quizás porque se puso de moda, quizás porque se desgastó, aunque hay teóricos muy afamados sobre el género. Ya tiene bastante tiempo y grandes autores, Patrick Modiano, por ejemplo, el autor francés, y otros grandes escritores.

CP. Emmanuel Carrère…

También. Paul Auster mismo en Estados Unidos. Todos practican una peculiarísima autoficción. En principio yo no pretendía hacer ninguna contribución de ningún tipo de autoficción. Y algo que ocurrió fue que usé mis recuerdos más entrañables, los que pude capturar, porque estoy seguro de que si recogía todo lo que era entrañable para mí, el libro habría crecido y de repente no se hubiera sostenido. Justo hoy por la mañana conversábamos de eso con mi esposa, Miriam, mi severa lectora. Yo siempre le digo: si a ti no te gusta un libro mío me lo dices con toda la sinceridad que te caracteriza, y yo dejaré de escribir. Y ella me responde: no fastidies… (risas). A ella le gustó el libro porque hay menciones también a su propia familia, a una persona que es muy querida, mi suegro, el capitán Ricardo Falla, muy allegado a Velasco, pero que no participó directamente del proceso [el golpe de Estado del 68]. Hay cosas obviamente que tienen una base real. Otras cosas, propias del dominio de la ficción, están exageradas o cambiadas. Me parece más divertido e interesante hasta inventar recuerdos. Y en el libro hay mucho recuerdo inventado (risas).

CP. Ahí el lector empieza a dudar qué es ficción o qué no. Ya que el protagonista es escritor.

En esa ambigüedad baso la dinámica de esta nouvelle, de este libro en el que hay una zona indefinida, una dimensión crepuscular, una twilight zone, en la que no sabemos dónde comienza la ficción, dónde termina, dónde está la memoria, la vida personal… Al fin y al cabo, todo es ficción, creo, en esta novela.

«Me interesaba que el texto tuviera esa huella de humor permanentemente, a lo largo de todo el libro. Es un texto cargado de humor, de un afán lúdico, que no intenta caricaturizar ni rebajar al personaje [Velasco]».

CP. Ahora que nombras a La dimensión desconocida, hay un homenaje gigante a la cultura popular en el libro, muchas referencias que entran y salen, y que es muy interesante.

Ocurre que mi generación es la de los baby boomers, que vinimos al mundo entre el 59 y el 68, —vamos a poner 68 como límite—, y crecimos llenos de la televisión y de películas de serie B. Eran reposiciones, obviamente, porque éramos muy pequeños cuando las series se estrenaron. Entonces cada mención que hay ahí, cada referencia televisiva, cada referencia a la cultura mediática de la época es deliberadamente elegida para conectar a todos los que lo presenciaron, lo vivieron. Y quedan algunas, y de eso conversaba con Miriam por la mañana. Después de todo, qué importa que no haya mencionado, por ejemplo, a Topo Gigio (risas), porque sé que otros van a completar ese espacio que ahí no tiene ninguna cabida. Tampoco menciono, por lo menos directamente, a series que me encantaban, Flipper o Tarzán. Se han ido con el viento, pero ya se acordará de ellas, o de tantas otras, el que haga la conexión. Si alguien de mi edad me reclama: ¿por qué no está Topo Gigio?, le diría que Topo Gigio tendría que ponerlo él (risas). Pero está Blacaman, este faquir que hacía unas cosas increíbles. En el libro el mismo Velasco le dice a mi supuesto alter ego, cuando sale el tema —sin duda todo inventado—: «sí, yo recuerdo también a ese faquir, a ese argentino», y hace toda una relación, «qué fácil es para los extranjeros conseguir trabajo aquí (risas). Aunque, a decir verdad, amigo mío… —porque así es como trata a mi alter ego, nunca le dice Güich por ejemplo, le dice simplemente: “usted es de los nuestros”, ya que bastaba para ese general de ficción que mi alter ego sea yerno de su querido alumno Ricardo Falla, para que me convierta en parte de la familia militar, y allí salen también una serie de diálogos muy graciosos…—. A decir verdad», continúa Velasco, «a mis ministros sí les gustaba, e incluso me he enterado de que usaban sus tácticas en el duro entrenamiento militar»… (risas).

EG. Justamente ese diálogo con las referencias mediáticas pasadas es, a mi parecer, parte del juego con el humor que tiene el texto, ¿no?

Me interesaba que el texto tuviera esa huella de humor permanentemente, a lo largo de todo el libro. Es un texto cargado de humor, de un afán lúdico, que no intenta caricaturizar ni rebajar al personaje [Velasco]. Al contrario, creo que busca un ángulo inimaginable, un ángulo inédito, totalmente delirante de alguien que tenía frente al país una presencia autoritaria, dura, áspera. Esa es la clave del juego ficticio de este libro.

«Hay (…) un crescendo de autores y autoras que ya sin ningún problema, preocupación o sentimiento de culpa están cultivando estos géneros [ciencia ficción, fantástico…] con una gran vocación, una fe muy consistente, una convicción estética y una autoexigencia».

El sol infante (Emecé, 2018)

EG. Hablemos ahora de la literatura que se está haciendo en el Perú, si quieres aquella centrada en la ciencia ficción, el fantástico y afines, o de manera más general. ¿Cómo estás viendo la literatura más actual? Puede ser de aquí o incluso de países hermanos.

En este instante hay una producción abundante, notable. Hay muchas plataformas de difusión, hay mucha calidad, muchos jóvenes autores y autoras también consolidados que han logrado algo que hasta hace quince años probablemente era inimaginable: que la ciencia ficción, la literatura fantástica y afines, géneros cercanos como la literatura de terror, de lo insólito, lo extraño, aparezcan de un momento a otro. Bueno, quizás decir de un momento a otro es muy exagerado. Es un proceso que ha tomado varios años. La tecnología ha permitido que muchos autores den a conocer sus obras, antes incluso de ver el formato físico, formato que también está entrando en una etapa de transición, pues ahora el libro digital, el e-book y todas las modalidades, de repente incomprendidas al comienzo, están ganando fuerza. Si hubo alguien que vio en el e-book bondades antes que nadie fue mi gran amigo el gran escritor Daniel Salvo. Él apostaba por ello, es el futuro, decía. Él impulsó en gran medida el concepto con sus memorables páginas y blogs: La Casa de Jarjacha, por ejemplo, o Ciencia Ficción Peruana.

CP. Incluso con sus libros, El primer peruano en el espacio

Claro, Daniel dio casi toda su obra inicial primero en formato virtual, antes de animarse por el formato físico. Creo que en muchos sentidos ha sido un pionero, y sigue siéndolo, un hito, una piedra angular en este recorrido. Hay muchos nombres, no me gustaría obviar a uno en particular. Y creo que ya no hay paso posible hacia el pasado, creo que es un avance, un crescendo de autores y autoras que ya sin ningún problema, sin ninguna preocupación o sentimiento de culpa están cultivando estos géneros con una gran vocación, una fe muy consistente, una convicción estética y una autoexigencia. Aquí también creo que es muy importante la autoexigencia. No solo se trata de tener grandes ideas, sino tener referentes, conocer la tradición.

CP. Adolph, uno de ellos, que es una piedra angular para muchos.

Un extraordinario punto de partida, una inspiración. Tuve la suerte inmensa de conocerlo. Creo que hay que pasar por Adolph de todas maneras. Si no, no estaría completa la visión. También debe ser revisitado un escritor como Harry Belevan. En varios momentos Carlos Calderón Fajardo también cultivo estos géneros. Estoy hablando de escritores a los que nadie debería dejar de leer, como a Clemente Palma, o redescubrir al Vallejo fantástico, por ejemplo.

EG. El de «Más allá de la vida y la muerte»…

Exacto. Redescubrir al Valdelomar fantástico también. Que hay una tradición, hay una tradición y hay que saber reconocernos en ella. Pero, por otro lado, también hay que reconocernos, de acuerdo a lo que nos tocó vivir, no solamente en esa tradición canónica, sino en lo que nos aportó nuestra propia experiencia. En mi caso, yo nací en una época en que la televisión era de gran influencia, no había otra forma de entretenerse. La otra forma era jugar en el parque, experiencia, dicho sea de paso, que está graficada, y a veces de manera no muy agradable, no muy higiénica, en la novela (risas).

EG. Justamente en este libro haces ese diálogo con lo que comentas, ese aporte de la experiencia.

Es una declaración casi de principios, de acuerdo con lo que viví y lo que leí, respecto de los géneros que practico. Quizás es un homenaje cifrado a todo aquello en lo que creo que es la literatura, o que debería serlo, al menos. Es como la concibo, no puedo verla de otra manera, sin demérito de que admiro profundamente a escritores que no practican el género fantástico. Creo que todo es una especie de sumatoria enriquecedora. Soy tan admirador de Pepe Adolph como del Ribeyro más realista, el de gran parte de su obra, ya que también hay un Ribeyro fantástico que está esperando ser revisitado. No puedo prescindir de mi admiración por José María Arguedas. En cada texto, seamos conscientes o no, están. Somos nuestras lecturas. Parafraseando al Shakespeare de La tempestad, estamos hechos de la misma materia de las lecturas que nos conmocionaron en diversas épocas, que nos marcaron y nos van a seguir marcando.

«Luego de la crisis de la pandemia (…), siento que es el momento de los sellos alternativos, independientes. Creo que tienen mucho protagonismo ahora, mucha fuerza, (…) ese sabor de lo novedoso y del riesgo».

CP. ¿Y cómo piensas que está el panorama general de editoriales, escritores y publicaciones a nivel del medio peruano?

Fue muy prometedor y ascendente hasta antes de la pandemia. Durante ella fue un acto heroico publicar. La actividad se redujo mucho. Y sin embargo, hubo ferias de libro, hubo dos versiones virtuales de la Feria Internacional del Libro, gracias a Willy del Pozo, la del 2020 y 2021. Fue una hazaña. La actividad editorial fue bastante golpeada, y aun así aquí estamos. Luego de la crisis de la pandemia, en una época que ya la historia conoce como pospandémica, siento que es el momento de los sellos alternativos, independientes. Creo que tienen mucho protagonismo ahora, mucha fuerza. Lo que ya era una constante hace unos años se ha revitalizado. Es tiempo de esos nuevos sellos, quizá no tan nuevos, pero que tienen ese sabor de lo novedoso y del riesgo, como Maquinaciones, como Altazor, y otros, por supuesto, que están empezando a caminar.

EG. Le acerca al público una variedad de temas, de escritores.

Exacto. Hay una diversidad de propuestas, de ofertas, y cada escritor o grupo de escritores vinculados con tal o cual género tiene un espacio, tiene una lectoría. Las ferias, los congresos, es su momento también, nunca habían sido tan importantes para reconectar a los escritores con su público, que los reclama, los busca. Porque siempre hay un lector para todo escritor, estoy convencido de eso, y he tenido experiencias maravillosas al respecto. Solo cuando uno lo vive se da cuenta de que efectivamente hay alguien del otro lado.

CP. Y antes de la pandemia, la Feria Internacional de Libro era un espacio preciso para el encuentro del autor con sus lectores, para las firmas de libros, los conversatorios… Era un espacio que se golpeó, pero que estamos retomando poco a poco.

Claro, porque ya no solamente es la Feria Internacional del Libro o la maravillosa Feria Ricardo Palma, la primera de las ferias, sino que las hay en diversas ciudades del Perú, las hay distritales, en San Miguel, Barranco… Y no es necesario que duren tanto, pueden ser entre cuatro y diez días intensos. Lo importante es que los agentes culturales estén, de repente con los recursos aún limitados, generando tremendos proyectos y plataformas, acercando propuestas al público. Y en efecto hay escritores de ciencia ficción en el Perú, de género fantástico, hay escritores muy interesados en el policial, hay también colectivos. Qhipa Pacha, por ejemplo, es un grupo muy activo de escritores y escritoras que en este momento en el mundo editorial, en el mundo académico, están dando mucho que hablar en torno de nuevas texturas de la ficción especulativa (término alternativo para la ciencia ficción), una ficción proecologista, proambientalista, que está aprovechando los conocimientos tradicionales de los pueblos originarios. Ya somos una treintena de autores repartidos por varios países incluso: César Santivañez, Rocío Qespi, Luis Apolín, Raúl Quiroz, los muchachos de Los Tres Tipos, grupo conectado con Qhipa Pacha, Sophie Canal, Daniel Salvo… No habría tiempo para mencionarlos a todos, pero desde aquí va mi saludo porque es en verdad un grupo de autores y autoras que por afinidades diversas estamos todos en el mismo barco y muy felices.

EG. Y bienvenidos todos los grupos. Así se abre y enriquece el debate.

Solo he mencionado a dos equipos con los que yo estoy vinculado directa o indirectamente, pero hay obviamente más, y hay que reconocer su trabajo, sin duda.

«Creo que la labor del profesor de literatura es (…) ser un medio, una especie de alquimista que intenta convencer (…) a los muchachos de que ellos pueden hacer una lectura sin temor, lanzarse, dejarse llevar por sus intuiciones».

EG. Ahora hablemos de otra faceta tuya, que tiene que ver con la docencia, la enseñanza, pero también en relación con la literatura o la creación literaria. Eres profesor en la Universidad de Lima, en la del Pacífico. ¿Cómo ves esta relación entre la academia y la literatura, el acercamiento a las nuevas generaciones, la apertura que se puede hacer como profesor para que chicos se interesen o ahonden en la literatura?

Es una suerte enseñar literatura, realmente. Es un sueño para mí, pero como dices, es la oportunidad inmejorable para despertar quizás hasta vocaciones. A lo largo de los años que he dictado el curso de Literatura en la Universidad de Lima, que ahora es Literatura y Sociedad, he visto pasar por las aulas a chicos y chicas muy talentosos, sumamente involucrados con la literatura, que pertenecían a los talleres. Y ha sido para mí muy enriquecedor y sigue siéndolo enseñar literatura. El reto es despertar el gusto por textos que no son los usuales, no solo brindarles herramientas, que son solo eso, medios, herramientas teóricas, sino despertar el goce. Al fin y al cabo, nuestro sílabo tiene como lema prácticamente esa frase: al final o sobre todo despertar el gozo o el placer por la literatura. No es imposible, solamente hay que tocar las cuerdas, y yo creo, modestia aparte, que en estos años he podido lograrlo en varios momentos, colocar ciertas cuerdas de tal modo que, aunque los muchachos y muchachas no se dediquen a la literatura, quede en ellos algo, un recuerdo, una especie de estela bienhechora que es haber pasado por los grandes libros.

CP. ¿Te ha pasado como docente, me imagino que sí, que después de mucho tiempo venga un alumno tuyo y te diga: profesor, estoy escribiendo ficción?

Claro que sí. A lo largo del tiempo me he encontrado con algunos alumnos y alumnas, ya egresados hace mucho tiempo, que me han saludado y me han dicho que están escribiendo, o, aunque no me digan eso, que me dicen: su curso me gustó mucho. Ya eso para mí es un regalo, un obsequio.

EG. O que hayan ahondado en los autores…

Claro. El caso más frecuente ha sido: yo seguí leyendo, profesor, por usted. Y yo les digo: tú has seguido leyendo por ti mismo y por los autores que has descubierto, yo he sido solamente un medio, nada más. Creo que la labor del profesor de literatura es esa, ser un medio, una especie de alquimista que intenta convencer, porque el potencial de lectores está, solo que hay que convencer a los muchachos de que ellos pueden hacerlo, que pueden hacer una lectura sin temor, lanzarse, dejarse llevar por sus intuiciones —claro, sin exagerar, sin ir más allá de lo que Umberto Eco reclamaba: no pasar los límites del texto—, hacer una lectura provechosa, novedosa, y que le demuestre al estudiante que él también puede hacerlo, que también puede decir cosas interesantes y descubrir cosas en un texto que nadie antes había visto. Ese es el gran reto.

«Pienso que el taller es en verdad un ejercicio de exigencia. Pero no solamente ese medio, hay otros evidentemente, hay muchos autores que se forman en el periodismo, en el fragor de las redacciones y la lectura».

Control terrestre (Altazor, 2013)

EG. Y en relación con el otro lado, el de la escritura, tú llevaste una maestría en Escritura Creativa en la San Marcos, me parece que también has sido docente de un taller de escritura en la Pacífico. ¿Cómo ves esa posibilidad entre escribir, el arte, el oficio literario, y el poder enseñarlo? Ese aspecto también es interesante.

Yo dirigí un taller en la Pacífico, era un curso paraacadémico, para la Oficina de Formación Universitaria (OFU) en esa época. Creo que comenzamos el 2001, y el taller terminó su ciclo, porque yo ya tenía otros intereses, otras perspectivas y búsquedas, el 2009. Fueron ocho años maravillosos. Incluso el 2006, por ahí tengo un ejemplar, se publica una selección de los mejores cuentos del taller, que la misma Universidad promovió, y que tuvo una presentación muy bonita. Yo le agradezco a la Pacífico, le agradezco a mi querida amiga, la profesora Martina Vinatea, de haberme dado la oportunidad, ya que ella en ese momento era la directora de la OFU. Yo me acerqué con la idea: ¿qué te parece si hacemos un taller de narrativa? Y le pareció fabuloso. No tengo palabras.

CP. Ahí prima la idea de que no es que falten medios, sino proyectos por hacer. Los medios están.

Exacto. Fue una gran experiencia. Y ojalá la hubiese podido continuar, pero no era ya posible, ya mis horarios se complicaban, tenía también varios proyectos narrativos en curso, y creo que teníamos que sincerarnos. Era momento de cederle la posta a alguien que tuviera el tiempo suficiente, y la tranquilidad suficiente como para dirigir un taller en la universidad, lo que dice mucho de la Universidad del Pacífico, una tan especializada, tan identificada con la economía, la administración, aunque ahora hay más facultades, claro. Increíble que se apostara por un taller de este tipo, cuando quizás el sentido común dice: ¿para qué y por qué? La Universidad del Pacífico en ese sentido siempre ha sido tremendamente abierta y sensible a las expresiones espirituales de todo corte.

CP. En esa idea, ¿cuál te parece el lugar propicio para la formación de un escritor? ¿Los talleres literarios, la formación propia, la experimentación, el diálogo con otros autores, el acercamiento a los grupos? ¿O todos son válidos?

Creo que todos son válidos, pero cada escritor es un ser humano distinto. Lo que quizá funciona para uno no va a funcionar para el otro. Los talleres para mí son un excelente espacio formativo. Prueba de ello es que hay muchos autores que sin haber llegado a estudiar Literatura o haber hecho las maestrías del caso, habían practicado la literatura antes con mucho interés, pero fueron talleres dictados por distinguidos escritores en Lima los que terminaron por forjar sus carreras, y ahora están en la escena. Tengo entendido, por ejemplo, que mi gran amiga Alina Gadea, que presentó en el Instituto Raúl Porras con una generosidad, delicadeza y complicidad El general y la máquina, es una autora que se ha forjado en el fragor creativo de los talleres. Pienso que el taller es en verdad un ejercicio de exigencia. Pero no solamente ese medio, hay otros evidentemente, hay muchos autores que se forman en el periodismo, en el fragor de las redacciones y la lectura.

CP. Al mismo estilo de Hemingway, por ejemplo. Primero periodismo y de ahí literatura.

Sí. Yo recordaba el caso de Hemingway porque también él era un autor que siempre dijo: yo escribo cuentos en los lugares más extraños… Y él tenía una cualidad: sabía cuándo el cuento ya estaba armándose, y prácticamente era cuestión de darle el empujón final. Era uno de esos artesanos geniales de la forma, una forma que parece minimalista pero que en el fondo es algo muy difícil de lograr. Esa condensación de Hemingway quizás es todo lo contrario a un autor como Cortázar, que es expansivo, que es hasta un surrealista neobarroco…

CP. El juego con las palabras… Y Hemingway es mínimo, es preciso…

Exacto. De cada palabra. Y él decía algo que a mí se me ha quedado y lo he usado en los talleres, cuando fui director de taller: llega un momento en el que uno sabe que el cuento ya se va a escribir solo. Aunque es una metáfora increíble, y todavía hay que trabajar mucho, sí, uno siente que ya ha hecho la parte más difícil, pero luego viene el cierre, que es también una exigencia. Hemingway era uno de los más frecuentes autores leídos en el taller, igual que Cortázar. Recuerdo que leíamos de todo, y mis observaciones siempre tenían que ver con algún reto técnico que plantearan esos autores. En fin, me han hecho acordar de una época increíble. Y en cuanto haber llevado esa maestría, también, para mí fue como un nuevo aire, haber sido alumno del maestro Marco Martos, de Jorge Valenzuela, de Percy Encinas, de Miguel Ángel Huamán.

«Mi nuevo libro se llama provisionalmente Viajero de larga distancia y está centrado en viajes de todo tipo, pero sobre todo viajes donde hay una necesidad del reencuentro, de ajustar piezas que una existencia humana no había cerrado completamente y lo obligan al nostos, al viaje de retorno».

EG. Por último, queríamos que nos comentes de tu nuevo proyecto. Ya nos has adelantado un poco de este libro de cuentos que estás armando. ¿Aproximadamente cuando saldrá? Adelántanos un poco.

Ojalá que el próximo año esté ya en las librerías. Es un libro de ocho cuentos. Puedo adelantarlo sin ningún problema, es más, les agradezco, para crear un poco la expectativa, si es que genera expectativa un libro mío, no lo sé (risas). Se llama provisionalmente Viajero de larga distancia y está centrado en viajes de todo tipo, pero sobre todo viajes donde hay una necesidad del reencuentro, de ajustar piezas que una existencia humana no había cerrado completamente y lo obligan al nostos, al viaje de retorno, a algún punto que permita completar algo que se ha quedado truncado, abierto, y que genere insatisfacción, angustia, si bien, es cierto, no todos los viajes tienen un final muy claro; el punto de partida siempre es el más claro, pero quizá los puntos de llegada son los menos previsibles…  Y, una vez más, recupero a personajes que ya han aparecido en otros libros. He hecho algo que casi salió por curso natural de los acontecimientos. En el año 2021 publiqué dentro de la Colección Bicentenario de Altazor una suerte de ucronía titulada Sepan Qvantos, la historia de un tercer libertador, absolutamente ficticio, imaginario por completo, que llega con grandes ambiciones para completar la labor de San Martín y de Bolívar. Es paródica y también, como en todos mis libros, un guiño a varios géneros: el policial, la novela histórica, la ciencia ficción, lo fantástico. Pero sobre todo es una declaración de amor por la literatura, y por todo lo que yo le debo a ella. Mi libertador recibe el título de benefactor de la patria, y la cosa no termina muy bien. No llega a sintonizar del todo con los peruanos, encuentra muchas barreras, eso nos ha caracterizado como país, ¿no? Encuentra vericuetos bastante oscuros que aparecen en la novela expuestos con humor, pero también con crudeza. Es quizá la novela que he escrito más febrilmente. Es muy importante para mí ese libro. Y he retomado [en Viajero de larga distancia] la figura del benefactor, que se supone que viene de unas islas muy lejanas, en el Atlántico, pero él también tiene vinculaciones hispánicas, porque parece que sus islas fueron pobladas por unos heterodoxos que salieron de España siglos antes… En fin, es un juego imaginativo total…

EG. Es güichiano…

Sí, creo yo, sin que sea un calificativo positivo, porque también me parece una cosa muy extraña el libro. Está formado por segmentos, cartas…

 CP. Igual eso demuestra que no es que todo esté explorado en la literatura, por ejemplo el tema de las ucronías no es nada explorado, a mi parecer.

Yo intenté una ucronía a mi manera, on my own.

CP. Pero en nuestro medio no hay ucronías.

Son extrañas. Yo decidí escribir una, pero que tuviera mucho de lo que yo había podido explorar antes. Y he retomado el personaje, que reaparece en algún cuento [del nuevo libro], y también las consecuencias de lo que propicia en esta especie de república alternativa. Y lo que más me ha gustado es que también está Teruel en el libro. Está también Gándara, un policía que es el opuesto a Teruel, quien es más bien un hombre comprometido, mientras que Gándara es todo lo contrario, cínico, muy incorrecto, muy duro, como su propia ética, por su puesto. Él ha reaparecido, y estoy haciendo lo que llaman los cruces, los crossing, porque ahí hay personajes que entran en una misma historia.


👉 Página de Facebook de José Güich

Deja un comentario