Animales | Relato

Animales

Por Adriano Parcco

Por supuesto que no existía el más mínimo rastro de que su hermano tuviera la intención de comer. Mientras que Piero apenas y comió tres cucharadas cuando ya estaba pensando en tirar la comida o dársela a su perra. Pero él amaba demasiado a su mascota como para darle de comer esa bazofia.

Lasy, era una perra de puro blanco, tal vez mestiza como la mayoría de perros peruanos, Piero no tenía ni idea de qué raza era, pero siempre le había parecido tierno el pequeño parecido que tenía con un pastor alemán. Bueno, un pastor alemán blanco, con las orejas caídas, más pequeña y un tanto gorda.

Él amaba a esa perra, mucho más de lo que amaba a cualquier otro integrante de su familia. Desde muy chico los animales le resultaban unas criaturitas maravillosas, todos y cada uno de los animales que él conocía por la televisión le parecían muy interesantes. Se quedaba embobado con documentales de National Geographic. De hecho, Piero era el típico niño que se la pasaba jugando con perros y gatos callejeros, insectos, caracoles, sapos, etc. Pero una tenía una predilección, las tarántulas, en gran parte de su niñez tuvo el deseo y la inquietud de nunca haber jugado con tarántulas, le parecían animales muy majestuosos e imponentes. Siempre tuvo el deseo de tomarlas cuando las veía moverse rápidamente para escapar de la escoba de su madre. Atraparlas y descubrir por fin como se siente tener una tarántula entre las manos.

Pero no… Sus padres jamás le permitieron que se les acercara y mucho menos que las tocara cuando era un niño. Solo las podía tocar una vez estuvieran muertas, trituradas a escobazos. Para Piero eso era muy repulsivo, él admiraba a las tarántulas y verlas totalmente derrotadas y hechas mierda era algo que lo traumatizaba bastante. La cosa no mejoró cuando creció, porque ahora era él quien debía capturar y torturar a cualquier tarántula que haya tenido la mala suerte de que su madre la viera. Piero ya había perdido todo sentimiento de admiración a las tarántulas desde que pasó la adolescencia, la llama ya se había perdido, miraba a esos cadáveres destrozados como un adulto mira el juguete de teletienda que jamás le compraron.

Aunque el tema con los animales era mucho más profundo y degollante para Piero. El amar a los animales es uno de los sentimientos más crueles y despiadados que existen, sobre todo si hablamos de una cuidad del tercer mundo. Piero era joven, apenas dieciséis años, pero aun así ya había presenciado tantos eventos horrendos relacionados con los animales; vio cómo un taxista atropellaba al cachorrito de Lasy cuando tenía apenas la edad de su hermano, una vez caminando a la escuela vio un pichón de paloma agonizando en el suelo (seguramente había caído del nido de su madre), en su barrio a los diez encontró a una gata callejera lamiendo el cadáver de su cría muerta (no la estaba comiendo, supuso que estaba intentado reanimarla) y ya ni hablemos de los miles y miles de perros y gatos callejeros completamente jodidos que había visto. Algunos viejos, sin un ojo, envenenados, con heridas abiertas y profundas, esqueléticos o de plano agonizando. Era el pan de cada día.

Ya se imaginarán que sus padres no habían ayudado en nada, de hecho agravaron el problema. Lo recordaba vívidamente, era un viaje de regreso a la ciudad de Abancay, en un verano que ya ni recordaba. Estaba lloviendo y era de noche, la carretera no dejaba de dar vueltas, Piero estaba intentado distraer su mente con música para hacer más ameno el viaje en carretera, estaba totalmente perdido en las gotas de lluvia mientras que a la vez ponía toda su fuerza en intentar sostener a su hermano en brazos. El pequeño mocoso tenía la suerte de poder dormirse. Su madre manejaba, su padre estaba dormido en el asiento del copiloto y Piero estaba atrás junto con Cesar, una colcha y algunas mochilas.

Ustedes ya saben cómo son los incidentes de carretera, sobre todo en ese escenario tan horrible y clique de lluvia con la poca luz de la luna y las luces del auto. Fue totalmente inesperado y muy rápido, su madre frenó abruptamente, el auto patinó un poco y Piero sentía el corazón palpitando en el borde del pecho al mismo tiempo que los gritos de Cesar le entraban como agujas por las orejas. Por su mala postura Piero se golpeó muy fuerte en toda la columna, su hermano estaba ileso, pero con lágrimas por toda la cara, mientras que su padre se había llevado la peor parte. Cuando su esposa freno, él estaba totalmente dormido, eso y unos reflejos de mierda hicieron que su cara y mas precisamente su nariz, fueran directito hacia la parte superior de la guantera del auto. Estaba sangrando.

—¡¿PERO QUE MIERDA TE PASA?! —le grito a Daniela mientras intentaba controlar el sangrado con sus manos.

—¡HAY EN PERRO EN LA CALLE HÉCTOR! —le respondió gritando aún más fuerte.

—¡Puta madre! —dijo mientras gemía de dolor.

—¡SACALO DE AL FRENTE, ANIMAL!

—¡PIERO!

—¡¿Q…QUE?! —Piero estaba empezando a sollozar por toda la situación; los gritos de toda su familia, el dolor en la columna, sus brazos cansados, etc.

—¡Mierda! ¡Mueve el perro, carajo!

Piero tenía los ojos completamente abiertos, puso a su hermano a un lado, tomó su casaca impermeable y salió del auto. Su espalda no le permitía ponerse erguido correctamente. Su madre estaba insultado a su padre de cualquier mierda que se le viniera a la mente, mientras que este último golpeaba la guantera por la rabia de no haber pensado tan siquiera en comprar un maldito botiquín para el auto durante o antes del viaje, Cesar solo lloraba.

Ni siquiera había logrado dar cuatro pasos adelante cuando Piero destalló en un llanto que se mezclaba con la lluvia. Un perro estaba, bueno, intentaba cruzar la carretera cojeando, se había atravesado y por poco su madre no lo había atropellado, pero para nada eso era lo peor… ese perro era muy parecido a Lasy. Cada que Piero recuerda esa noche siente que su cuerpo totalmente tieso y le arden los ojos, esa última sensación siempre le extraña.

“Parece una escena triste en alguna serie de mierda en Netflix”.

Él marcaba ese recuerdo como uno de los primeros momentos en los que “La Vida” se había coordinado de forma casi descarada para hacer que sufriera de un modo ridículo e injustamente doloroso. Era como si le estuviera dando una premisa de cómo iban a ser las cosas de ahora en adelante, como si la muy desgraciada le dijera: “Vete acostumbrando, weboncito, deja de llorar, papi, no seas maricón, jajajsjasj”.

Esa noche Piero pensaba… ¿Qué pensaba? Era un momento de shock, sentía su mente palpitando mientras que en sus ojos se tatuaba la imagen de ese perro.

Tenía heridas por todo el cuerpo, todo el maldito cuerpo; en el hocico, las piernas, el torso, probablemente un grupo grande de perros lo hubieran torturado. Y aun con la lluvia y la poca luz que el auto le otorgó, aun llorando a cantaros, Piero notó cómo eran las heridas, algunas más viejas y cicatrizadas. Pero eran muchas más las que parecían frescas, profundas y algunas muy grandes, lo suficiente como para intuir que se tenían que suturar lo antes posible, sin mencionar que manchaban su pelaje blanco, claro que un blanco totalmente asqueroso, ni la lluvia podía lavar eso. Sus ojos, intactos, pero con una expresión de total… depresión. Ya ni siquiera tristeza, todo el rostro del canino expresaba de forma silenciosa el cómo es vivir la total crueldad y miseria, si acaso se le podía llamar vida a los que esos ojos guardaban. Esos ojos se presentaban y ya nunca se irían.

Su padre sale del auto, aun con la mano en la nariz.

—¡¿QUE ESTÁS HACIENDO?! —le gritaba mientras lo tomaba del brazo.

Piero había perdido la noción del tiempo, de hecho había perdido momentáneamente la sensibilidad a cualquier cosa, se había olvidado de su espalda. Simplemente su mente no le daba basto para esa imagen, ese perro se parecía demasiado a Lasy, quien en esos tiempos apenas y había dejado de ser una cachorrita, y de echo la extrañaba mucho, sus padres no le dejaron traerla al viaje.

—¡CARAJO, ENTRA AL CARRO!

—P-pa-pa, déjame lle-varlo. Yo le a-pagaré lo que neces-ite, porf-avor —apenas y podía hablar, de hecho, sentía algo en la garganta.

Piero tenía ya la costumbre de guardar dinero, algo positivo de él.

—¡¿Que?! ¡Mira, entra al carro!

—P-pa- pa, p-aapa —Su padre no entendía lo que decía, no había forma.

Soltó el brazo de Piero de forma brusca, se acercó al perro, primero quiso asustarlo con una “Piedra imaginaria”. Pero claro que no funcionó, el perro solo miraba, parecía un zombi con la mirada perdida sobre Héctor.

—¡SAL, CARAJO! —gritó de forma ridícula, aun se sostenía la nariz con la mano.

El perro se quedó quieto, ni se inmutó.

Su padre soltó una pisada fuerte al suelo mientras gritaba de rabia. Piero lo recuerda de forma patética, con dieciséis años ya notaba que su padre se comportó como un niño en aquella noche… ojalá solo hubiera sido esa noche.

Sintiéndose derrotado su padre levantó al perro con una expresión de asco y caminó hacia el borde de la carreta. Era extraño, el perro no reaccionó de ninguna forma.

Piero tomó un poco de conciencia y tuvo el impulso, el instinto de correr hacia su padre.

—P-pa-pa, llevé-oslo, ¡P-or fa-vor! —Piero intentaba articular palabras mientras tomaba a su padre del brazo. Parecía que tuviera hipo cuando hablaba y su cara era un mar de lluvia, lágrimas y mocos.

—¡ENTRA AL CARRO, CARAJO!

Tiró al perro al borde la carretera, sobre barro y piedras. El perro soltó un gemido de dolor junto con el sonido de su tórax golpeando el barro.

Piero gritó.

El perro recostó la mitad de su rostro en el barro y se quedó quieto, apenas respirando. Pero con su mirada muerta a la nada, intacta.

Piero no quitaba la vista del perro durante y después del grito, pero todo su ser le pedía a gritos no mirar a los ojos del can.

Pero claro que sí lo hizo.

Su padre lo tomó fuerte del brazo, fue el momento que entró de nuevo en cuenta del dolor de su columna. Abrió la puerta trasera del auto y empujó a Piero adentro, obligando a que entrara.

Piero se sentó en posición fetal, poniendo la espalda contra la puerta del auto. Su madre había tenido el detalle de callar a su hermano con un chupón y se había quedado dormido en el otro extremo de la parte trasera del auto.

Piero se le quedó viendo, le dolía todo el cuerpo y, sobre todo, los brazos. Apenas y los pudo estirar para tomar su celular y ponerse sus audífonos.

Los ojos en un ardor que se combinaba con la imagen de su hermano durmiendo y “Black” de los Danger Mouse en los oídos. Ninguno de los dos tardaron en quedarse dormidos.


Adriano Parcco es estudiante de secundaria en Abancay. Escribe narrativa y poesía.

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